Printemps à Varsovie
Printemps à Varsovie propone un recorrido por más de un siglo de creación musical polaca a través de un medio especialmente íntimo y flexible: el diálogo entre la flauta y el piano. De la mano de Gala Kossakowski y Luis Arias, el programa reúne obras de Alexandre Tansman, Mieczysław Weinberg, Andrzej Panufnik, Wojciech Kilar, Witold Lutosławski y Aleksandra Chmielewska, seis compositores pertenecientes a generaciones y circunstancias históricas muy diferentes, pero unidos por una cuestión esencial: la búsqueda y constante redefinición de una identidad musical.
El punto de partida se encuentra en el renacimiento de Polonia como Estado independiente en 1918, después de 123 años de particiones y dominación extranjera. La recuperación de una identidad nacional tuvo en la cultura, y particularmente en la música, uno de sus principales vehículos. Al mismo tiempo, París se había convertido en uno de los grandes centros de la modernidad europea, y el contacto de los compositores polacos con el neoclasicismo francés, las nuevas vanguardias, el jazz y las músicas populares dio lugar a una extraordinaria confluencia de lenguajes.
Alexandre Tansman representa de manera especialmente clara ese encuentro. Instalado en París desde 1919 y próximo a figuras como Ravel, Stravinski y los compositores de Les Six, nunca dejó de reivindicar sus raíces polacas. Su Sonatine pour flûte et piano de 1924 combina la ligereza y claridad del neoclasicismo francés con ritmos de polonesa, melodías tradicionales, escalas procedentes del folclore e incluso un desenfadado fox-trot.
La Segunda Guerra Mundial y la posterior imposición del realismo socialista transformaron radicalmente aquel panorama. En las Doce miniaturas, op. 29, escritas en 1945, Mieczysław Weinberg despliega un pequeño universo de escenas contrastantes: improvisación, danza, melancolía, ironía, lirismo y evocaciones populares se suceden en una obra concebida poco después de que su autor hubiera escapado de la invasión nazi de Polonia y encontrado refugio en la Unión Soviética.
Muy diferente fue el camino de Andrzej Panufnik. Profundamente marcado por la destrucción de Varsovia y por la pérdida de sus partituras anteriores a 1944, encontró en la recuperación del patrimonio musical polaco una forma de reconstrucción cultural. Su Hommage à Chopin, nacido en 1949 como homenaje por el centenario de la muerte del compositor, utiliza melodías populares de Mazovia, la tierra natal de Chopin. Panufnik regresaría posteriormente a la obra desde su exilio londinense, realizando en 1966 la versión para flauta que se escucha en este disco.
Las primeras obras de Wojciech Kilar y Witold Lutosławski muestran otra cara de la Polonia de posguerra. La Sonatina de Kilar, escrita en 1951 como ejercicio expresamente neoclásico durante sus estudios de composición, combina estructuras clásicas, reminiscencias impresionistas y el ritmo popular del krakowiak. Los Tres fragmentos de Lutosławski, escritos en 1953 como música incidental para la Radio Polaca, revelan en cambio un mundo evocador y casi teatral, de colores debussystas y referencias mitológicas, anterior al lenguaje de vanguardia que posteriormente haría célebre al compositor.
El recorrido desemboca finalmente en nuestro tiempo con Aleksandra Chmielewska y Mohawk Tale (2017). La compositora parte aquí de la tradición oral y de la transmisión de historias entre generaciones para construir una narración cuyo significado queda deliberadamente en manos del oyente. El pasado deja así de ser únicamente memoria para convertirse nuevamente en materia de creación.
Ese es, precisamente, el hilo que recorre Printemps à Varsovie: la capacidad de una cultura para conservar su identidad mientras la transforma continuamente. Folclore y modernidad, París y Varsovia, guerra y reconstrucción, exilio y pertenencia, memoria y creación contemporánea conviven en un programa que no pretende ofrecer una historia cronológica de la música polaca, sino mostrar cómo una tradición puede sobrevivir precisamente porque nunca permanece inmóvil.
El título adquiere así todo su sentido: después de tantas rupturas históricas, esta particular primavera en Varsovia simboliza una música capaz de recordar sus raíces y, al mismo tiempo, volver una y otra vez a comenzar.



